La observante: Rocío Cerón:

Un diálogo con Materialidades Inmateriales

Arcadio Leos

Mayo, 2026

 

 

 

La observante, la que a su paso se divulga quién es, la que aprende del mundo aprendiendo de sí misma. Qué es lo que mira, qué es lo que se mira; orden y color que no son sino frecuencias, radiación, vibraciones. Universo perenemente oscuro, diferenciado en luz y colores por la mente.

 

Nos adentramos en un mapa mental, pero el mapa no es el territorio, la búsqueda no es el tesoro, tenemos que recorrer palmo a palmo lo que su mirada captura. Gambusina de la palabra, somos testigos de las piedras preciosas que recoge, que nos muestra fuera del lodo y la basura de nuestra pobre percepción. Pirita, oro de los tontos para unos y para otros una olla repleta al final del arcoíris; el trayecto nos ofrece eso, la posibilidad de aventura y de encuentro con algo valioso.

 

 

Escribe la observante:


No refugio sino molienda –cal y fuego– acuoso cuerpo para ojo, bayas maduradas; zumba el lodo: reclama su manto acuífero.

Y yo leo:
Mandarina de las cosas: no es un charco la acumulación de agua, es una catapulta que te empuja al eco del objeto.

Todo es sombra, asombrada sombra de la sombra.
Diferenciar para sobrevivir, luz que nos dotó de ojos. Retina, nervio óptico que adapta y transmite luego lo que codifica.

Pero ella dice:
Entonces el vertedero, la encrucijada, el trazo de contrastes, los anillos ovalados y las opacidades breves: puntos de cartografía en continente agostado.

Lo antes no visto, ahora visible. Lo antes no dicho, ahora suplicante, a gritos y murmullos, voz entre punto ciego y rutas alternas; las Pléyades o un bosque visto al vuelo de un nanosatélite en el momento preciso de la caída de un meteorito gigante –no advertido o visto– como lo transitorio de una época.

 

Y yo:


Gagarin
sobre el este del lago lácteo
su punto de vista
su punto es Vostok
este de su vista
este de su viaje
más allá del lago
más allá de la leche del cosmos
al este de Gagarin
al este del Vostok

 

La observante nos advierte sobre su decir:


Oscuro o brillante, expansión del lenguaje de las grietas o descompresión de los vínculos entre doseles. Fortuito y mineral, como la génesis del mundo.

 

y yo pienso:


sacar el eco de las cosas
resonar su esencia
su ecografía diversa
a lo largo de las lenguas
ecólogo de la economía
en una palabra
que todas las resuelva

 

Pero la observante ya está en otra cosa:


La luz no tendrá sombra. Sobre los cables reflejos. Tal la intensidad de una mirada ante superficie negra. Edificaciones. El ojo ataca la forma, la deglute.

Gira el ventilador. Repique de campanas, albores pardos. ¿Qué escucha el ojo ante el movimiento del engranaje? Aire comprimido. Pesadez de ciudad que levanta torres de varilla para camuflar el miedo.

 

yo giro:


en qué se convierte la forma de la letra
que invade el globo ocular
dónde queda la información para el que observa
cuánto peso le añade
cómo es que las cosas se dejan mirar
cómo la mirada es una presencia que todo lo afecta
y es que sólo en presente funciona la vista
sólo por lo pronto la información existe
sólo un momento la forma de la letra
en el agua ocular

 

Y la observante me muestra un color:


Hombros. Formas sobre otras. Dientes, caderas, frente. El reflejo constituye una caja infinita. Matrushka. Destrucción o restablecimiento. Al trote del animal, darle oído, ojos. Maleza. Jardín a la mirada, fondo tornasol donde perviven –se miran– verde heliógeno, verde abedul, verde fieltro, verde cardenillo, verde tilo, verde fronda, verde moho, verde cromo, verde reseda, verde musgo, verde jungla, verde bronce, verde hiel, verde savia, verde cadmio, verde ópalo, verde loden, umbro verde, verde victoria, verde veneno.

 

Luego ella me enseña un momento:


Santiguarse entre piedras y cardenales. Escritura de canto primero donde se escucha el tiempo. Levedad basáltica. Minutos vueltos segundos, segundos al paso, al paso. La soledad del viento; luz baja que recuerda sobre fontanela cerrada la marea de lava. La imagen arde en el lenguaje. Centésimas de instante camufladas por gritos de niños a la salida del colegio. Se prolonga el arco del minutero en el torrente bajo –a presión– del silencio.

 

y yo pienso:


de todas partes parten
partidas en partes
de todas sus partes
parten a la partida
parten todas
a todas partes

 

y ella dice:


Simultáneos, los lenguajes de las cosas hablan.

Imagina el contorno de un timbre, su vocal de aire.

La pulgada certera del carraspeo —el lenguaje que habita en él—, los bordes de la frase final de cada libro, de cada párrafo, de cada poema. Estancia colmada. Voces. Florean violetas en la mente.

En ondas sucesivas, circulante, territorio de sonoridad y posibilidades; no hay error en la frecuencia, en el impacto sobre la piel. Primordial, la célula de origen de estos cuerpos se balancea entre principio y fin del tiempo. Nos deslizamos, en el sonido, para guarecernos de la intempestiva notación de la muerte.

 

Y yo anoto:


otra pared es no entender mi propia letra
campo oscilante de dudas
donde ni el contexto ayuda
duda en la que el equilibrio baila
pedazo de vértigo que nada dice
excepción en el prado de hiedra
ganas de no saber saltar

brusca es la palabra:
que todo raspe
que la piel sea un lija incapaz de sangrar
que los tendones tiendan

sublime liminal
noria orográfica
sostenido en brevedad menor
epílogo lujoso
verdedura
suministro nominal
enclave de sol

Y sí, como la observante dice:
Irrumpe el tiempo. Sucesión de instantáneas abarcando el cuerpo. El pensamiento es un animal voraz en busca de recuerdos.

El sonido de los huesos. Su fricción —ya polvo, ya herida— permanente en rostro. El fragor de los huesos triturados. Su calce al paso de todo un cuerpo de nación. Su silencio. Su silencio. Su silencio. Toda la vergüenza que arde en él.

Y estoy de acuerdo:
las horas del día
yo las voy contando con el cuerpo
con el cansancio yo las cuento
haz de cuenta un desgano
que me va llenado de algo que pesa
que me forra la tristeza con ropa nueva

y me la pongo y me miro en el espejo
del trabajo a media tarde
a media máquina de salir
y veo qué bien me queda
y se quedan quedando las horas del día
ya ha medio cuerpo y contando

 

Y ella:


Ideograma celeste. Constelaciones afectivas de pleura y aire. Todo poema es una herida en el lenguaje.

Inmanencias. En el transcurrir de los alisos queda en el cuerpo la memoria de pequeños restos. El espacio, la eternidad suspendida en la materialidad de una flor. Lilas, violetas, astromelias en la mente del astronauta, de la viajante entre saltos cuánticos. Cabellera al aire. Gozo.

Nada es. Nada hay. Sólo el gozo del instante. La hechura de los instantes. La máquina de la vida que avanza hacia la vida misma.

Y ya no tuve respuesta, así que regreso a mi mesa:
negando obedientemente

saliendo de la voz para no ser mesurable
para pensar que soy libre
 
internauta autómata
sedoso y lacio
 
como el cable de cerveza que viaja al vaso
donde se forma la luz

Sobre LOS POETAS

Rocío Cerón (México, 1972). Poeta, ensayista y performer cuya obra dialoga con otros lenguajes artísticos en una apuesta de poesía, música, cuerpo e imagen creando piezas transmediales. Ha publicado Spectio (Tresnubes-UANL, 2019); Materia negra (Parentalia, 2018); Borealis (FCE, 2016); Diorama (UANL, 2012; Amargord, España, 2013; traducciones: Phoneme Media, Los Ángeles, 2014; Verlag Hans Schiler, Alemania, 2017) y Tiento (UANL, México, 2010; traducciones: Verlag Hans Schiler, Alemania, 2011; Aura Latina, Suecia, 2012), entre otros. Obra suya ha sido traducida a más de siete idiomas. Por su libro Diorama, en traducción de Anna Rosenwong, recibió el premio Best Translated Book Award 2015 en Estados Unidos. Acciones poéticas y poemas sonoros y visuales suyos se han presentado internacionalmente en los Institutos Cervantes de Berlín, Londres y Estocolmo, Centro Pompidou, París, Francia; Cabaret Voltaire, Tubinga, Alemania; Museo Karen Blixen, Copenhague, Dinamarca, Southbank Centre, Londres, Reino Unido, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, entre otros. Desde 2010 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Lee/escucha/ve su obra en: http://rocioceron.com

 

Arcadio Leos (Chiapas, 1973), reside desde hace más de 20 años en Monterrey. Premio Nacional de Poesía Joven Aguascalientes en 2002. Ha publicado en periódicos, revistas y antologías en México, España y Estados Unidos, países donde además ha impartido talleres y conferencias. Ha publicado los libros de poesía "La trampa" (2003) y "la galaxia es un momento" (2010). De 1998 a 2007 enseñó literatura en varias universidades de Nuevo León, México. Ha trabajado en prensa, radio y televisión. Recientemente obtuvo el grado de Master in Fine Arts otorgado por New York University.

 


 

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