Diciembre 2025, Bélgica-Mérida: entro con mis hijos, mi esposo y nuestras maletas en el portal de unos apartamentos desconocidos para mi y mis hijos. Un lugar de apariencia impersonal y transitoria. El cielo es azul, el sol del Mayab brilla y la vegetación es generosa. Detrás de esta puerta, hay un apartamento cuya oscuridad se impone. Pero no es la dueña del lugar. Los verdaderos dueños son estos cuadros, esta mesa, estas sillas, estos libros, estas fotos de familia y todo tipo de recuerdos acumulados a lo largo de los años. Y luego está ese olor. Un olor que solo se encuentra en este lugar único al que comúnmente llamamos HOGAR.
HOGAR, aún no te conozco, pero tú ya me conoces. HOGAR, vamos a vivir el uno en el otro por un rato. Me es imposible definirte, así como te es imposible definirme a mí. Estamos unidos, entonces, por una reinvención constante de nosotros mismos. Somos dos seres incompletos pero presentes. Y lo que ha estado presente a veces deja de estarlo.
Al adentrarme en este apartamento, me encuentro cara a cara con nuestro altar. En medio de las fotos de nuestros seres fallecidos, mi mirada se posa en ti. Tú, ese pequeño fragmento de pared azul violeta, ese pequeño escombro que recogí al acudir al lugar de la catástrofe. Ese lugar en el centro de Juchitán, donde se erguía, como una dueña, nuestra casa MAPA, como la habíamos llamado: una magnífica casa con patio interior que albergaba en su seno dos almendros que daban vida y sombra a nuestro hogar durante todo el día.
Casa MAPA, ya no estás ahí. Como cientos de casas, no resististe las múltiples sacudidas de aquel 7 de septiembre de 2017, de magnitud 8,2 en la escala de Richter. Entonces, ¿qué queda de una casa cuando una catástrofe natural lo destruye todo, sin previo aviso, sin aparentes señales, sin ruido ?
Es en esos momentos cuando comprendemos que nuestro hogar no puede descansar en lo material, en ladrillos o en la tierra. Esta experiencia personal pone de manifiesto hasta qué punto la definición de hogar es subjetiva, intangible, ligada a experiencias y recuerdos personales. Es mucho más que lo material.
Los años han pasado, las lágrimas han corrido, el duelo aún no ha terminado; pero, ¿terminará algún día si, al entrar en este apartamento de apariencia impersonal a más de 1000 km de Juchitán, me encuentro con este fragmento de pared, con esta mesa, con estos recuerdos?
A partir de esta reflexión, Cristian Pineda creó el proyecto YO SOY MI CASA.
Yo soy mi casa pone de relieve una de las principales causas actuales de la migración. Millones de personas se ven obligadas a abandonar sus lugares de origen debido a sequías, incendios, tsunamis, inundaciones, terremotos u otros tipos de catástrofes naturales, a menudo vinculadas al cambio climático. Hoy en día, el cambio climático constituye una de las principales causas del desplazamiento de poblaciones enteras en todo el mundo. Estas migraciones provocadas por desastres naturales conllevan la desaparición progresiva de grupos culturales, identidades, modos de vida, costumbres y lenguas.
El proyecto documenta la destrucción de pueblos, ríos y hogares causada por el terremoto de magnitud 8,2 en la escala de Richter en Juchitán, en el estado de Oaxaca, ciudad natal del artista, así como en el conjunto de las comunidades de la región del istmo de Tehuantepec. Esta catástrofe provocó pérdidas humanas, materiales y culturales.
Yo soy mi casa nació como una reacción al desarraigo provocado por el terremoto. Cristian Pineda logró, a pesar de la crisis humanitaria, documentar el entorno apocalíptico al que él, su familia y la población en general se enfrentaban. Posteriormente, se planteó la siguiente pregunta: ¿qué sucederá con quienes lo han perdido todo y migran para reconstruir sus vidas en "un lugar seguro"?
Una vez superada la fase más crítica, el artista volvió sobre sus registros fotográficos y sus dibujos de casas, con el objetivo de poner en evidencia la pérdida del hogar causada por las catástrofes naturales. La obra Yo soy mi casa se compone de fotografías de casas destruidas sobre las cuales Cristian Pineda ha dibujado casas imaginarias. Su intención es reimaginar los pueblos, las casas, los hogares y la vida después de la catástrofe. En definitiva, se trata de repoblar su imaginación en un espacio-tiempo situado entre lo que ya no existe y lo que aún está por existir.
Tras la catástrofe, cientos de casas y edificios fueron destruidos. Miles de personas vivían en la calle, con las ruinas de sus viviendas como telón de fondo.
Así surgieron las primeras obras, una serie de 10 gráficas digitales intervenidas, trabajadas apartir de la imagen y el dibujo trasladados digitalmente al papel y posteriormente hacia objetos escultóricos, suelos o azulejos intervenidos y finalmente creó una serie de pinturas y una instalación exprofeso para la primera revisión de toda su obra con migrantes, realizada en el Kulturzentrum Alter Schlachthof, Eupen, Bélgica (2019) y en la Fondation Maison des Sciences de l'homme (FMSH) Paris, Francia (2020).
Cristian Pineda sentía la necesidad de repoblar su imaginario, de repoblar los pueblos, de reimaginar las casas, los hogares y la vida después del terremoto, pero también de plantear las preguntas que surgían una y otra vez entre los habitantes: «No quiero irme, pero tengo que irme, lo he perdido todo. ¿A dónde vamos a ir? ¿Cómo viviremos lejos de nuestro pueblo?».
Después de la serie de obra gráfica digital intervenida, fue desarrollando objetos escultóricos que reutilizan fragmentos de muros, varillas metálicas y elementos procedentes de los procesos de construcción, con el objetivo de materializar la idea fundamental del proyecto: una reconstrucción simbólica o alquímica, donde la memoria y la devastación material y social, reveladas por una de las manifestaciones de la naturaleza, nos recuerdan nuestra condición a la vez frágil y resiliente como habitantes de este mundo.
En este contexto de movimientos migratorios en el que ya es un constante global, las obras de Cristian Pineda se encontró con el trabajo de los músicos y compositores Jimena Maldonado Álvarez, Juan Luis Montoro Santos y el gambista Israel Castillo Hernández. Este encuentro dio origen a una gran colaboración llamada Memoria intervenida, en el que la sensibilidad de la compositora Jimena Maldonado traduce las 10 gráficas digitales intervenidas de Cristian Pineda en notas musicales. Creando una pieza musical para cada una las diez gráficas de la serie Yo Soy mi Casa interpretada por los músicos.
Durante el sismo, el hecho más impactante —y sin duda el más grave y traumático— fue su duración interminable de tres minutos. Al igual que la música del álbum Memoria intervenida, este terremoto se desarrolló en varios momentos, con diferentes ritmos, emociones e intensidades, cuyos últimos movimientos —llamados réplicas— continuaron sacudiendo a la población durante semanas.
En 2022, cinco años después de la catástrofe, el álbum Memoria intervenida es lanzado y distribuido por la compañía discográfica inglesa NMC Recording. [1]
Esta colaboración pone de relieve la evolución emocional de las víctimas del seísmo, quienes, a pesar del paso del tiempo, siguen sintiendo las emociones de aquella noche como si hubiera ocurrido ayer. El terremoto marcó a toda una generación, y sus cicatrices permanecerán visibles durante décadas.
Juntas, la pieza musical y la obra gráfica ejercen un doble impacto en el cuerpo del espectador que se enfrenta a ellas. La intención de los artistas fue componer una obra en la que los elementos visuales y musicales se combinan para crear una experiencia audiovisual única, capaz de hablarnos a todos y de apelar tanto a nuestra sensibilidad visual como auditiva. Yo Soy mi Casa se inscribe en este ámbito simbólico y temporal en la medida en que el proyecto constituye una memoria musical, visual y colectiva del terremoto que azotó el istmo de Tehuantepec la noche del 7 de septiembre de 2017.
Nueve años después de la catástrofe, este texto permite subrayar tanto el paso del tiempo como ese tiempo que parece haberse detenido en ciertos momentos, como me ocurre a mí cuando entro en este apartamento desconocido, donde todo me remite a aquella casa en Juchitán. Retomando a Ravet, Yo Soy mi Casa logra conducirnos, a través del prisma de las emociones, hacia un momento de crisis y, poco a poco, abrir ventanas emocionales y reflexivas sobre un crecimiento humano situado entre el trauma y la reconstrucción de algo que ya era frágil.
Yo Soy mi Casa se convierte así en una obra profundamente humana, en la encrucijada entre lo íntimo y lo colectivo, entre la destrucción y la reconstrucción. Interroga qué es verdaderamente una casa: no un lugar fijo, sino un espacio interior, móvil, moldeado por la memoria, la imaginación y la experiencia.
Porque, en el fondo, cuando todo desaparece, quizá queda esto: somos nuestra casa.

Pascale Naveau es una socióloga cuyo recorrido académico está anclado entre Europa y México. Es doctora en sociología por la Universidad Católica de Lovaina (UCL) en Bélgica. Es colaboradora científica en el Institute for the Analysis of Change in Contemporary and Historical Societies (IACS). También fue investigadora posdoctoral en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), dentro de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), y está vinculada a redes de investigación como CriDIS/SMAG. Sus investigaciones se centran en la construcción de la paz a través del arte, así como en las dinámicas migratorias abordadas desde el arte participativo.
Cristian Pineda Flores es un artista interdisciplinario y autodidacta mexicano cuyo trabajo, abarca diversos medios, incluyendo el dibujo, pintura, objeto escultórico, intervención e instalación y video. Su obra es conocida por la exploración y procesos subjetivos de temas como la identidad, el movimiento, la condición humana, el desplazamiento, la ausencia, el ser migrante, las fronteras, la violencia y el arte participativo. Pineda a menudo usa su propia migración como símbolo poderoso de creación. Cuyo trabajo, particularmente ejemplificado por su obra con migrantes «Movimiento Humano» es de profunda actualidad en el arte contemporáneo.
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