
No todos tienen la afición de lo literario, ese don para la acumulación y la referencia, el tener y el decir, el haber y el deber, en cuánto deudas adquiridas: sea con quien ha puesto el libro en tus manos, sea por una manda que te has impuesto. Los libros vendrían después, siendo de niño más propenso a lo que se le conocía como historietas –y que nos referimos ahora como comics- que me compraban por igual mis padres y mi abuela, mismos que me llevaba a la cama –en lugar de peluches- y de los que, alucinado, veía en sueños como se les desprendían las imágenes. De ahí, un poco más grandecito pero sin superar los miedos nocturnos, en lo que, bien que mal, marcaría una primera pauta en mi destino, me afané en desarrollar mis primeros cuentos, historietas en formato italiano: partía la hoja en tres, dos cuadros y un rectángulo, imitando la retórica vista en las viñetas, donde mis primeros personajes –influenciado por aquellos que tenía cerca- eran un pingüino y un oso polar, luego un mago –a partir de Mandrake- al que le hacía de comparse el Hombre Eme –una eme con cabeza, manos y pies que había ideado mi hermano Rodrigo. Los hacía funcionar en los paneles como si se tratara de un programa de variedad. Haciendo estos monos descubrí –al dibujar el escenario que los abarcaba- la perspectiva antes de saber que eso era la perspectiva, la profundad de campo.
El primer libro que leí en forma lo hice entre los ocho y nueve años. Fue un regalo de la abuela y su hermana: una edición en pasta dura del Corazón de Edmundo D'Amicis, a la que me dediqué a leer por un par de años antes de dormir. Lloraba a momentos, me enternecía en otros, no recuerdo haberme reído en ninguno de sus pasajes, y bueno, me salté el relato De Los Apeninos a los Andes por lo largo y porque ya me sabía de qué iba, Esto era antes de que se transmitiera la versión en anime por el canal trece, había leído la versión en comic publicada por Bruguera y que, por ese entonces, se conseguían en el Sanborn's (años después se venderían en puestos de periódicos). Así leí también el Sandokan de Emilio Salgari, de quien sí leí después –en pasta blanda- los dos tomos de El desquite de Yanes. No recuerdo haber experimentado una lectura tan trepidante. Empezaba, según recuerdo, con elefantes y ametralladoras, una delicia para un niño de doce. A mi pesar, no todo Salgari era así, muchas de sus novelas las dejé apenas leídas diez o quince páginas, no había esa garra, ese arrobo.
La culpa de que leyera era de mi padre. Yo vivía seducido por las imágenes de monitor del televisor. Una forma portátil y omnisciente de lo que después vería en el cine. Recuerdo todavía la primera vez que estuve en una sala de proyección; nos llevó mi abuela y su hermana a ver un largo de Tom y Jerry en un cine inmenso como estadio en la ciudad de Torreón (de donde es madre). En aquel entonces se hacían programas dobles, y llegamos, empezada la primera función; una película en blanco y negro. La experiencia de entrar a una sala a oscuras, a tientas, apabullado por la banda sonora, tropezando entre butacas, para sentarme, como si fuera en un avión, cosa que ya había hecho antes de entrar a un cine, era comparable a los portentos por descubrir en la cueva de un cuento árabe.
Se trata de tránsitos. Otra cosa fue la televisión, misma que, viviendo de niño en el norte de Texas, dedicaba los sábados por la mañana a la programación infantil, muy temprano, para ver a Rocky y Bullwinkle, a los Archies, a Scooby Doo. Entre semana solo transmitían la calle Sésamo y a Mister Rogers. Mi hermano jugaba a ser el monstruo come galletas, llevándoselas a puños, desbaratándolas entre las manos y dientes, dejando tras de sí un rastro de migajas. Sería a la llegada a México, trayéndonos el monitos, que pensé que seguiría mostrando lo que se transmitía en Texas. Frustrado, estallé en lágrimas, no fue sino hasta que la prendieron y pude ver al Tio Gamboín que pude enterarme que los aparatos no guardaban sus lugares y se asumían de dónde estaban. Todavía falto un rato para que existiera la versión local del programa, lo que me provoco gran emoción y arrobo, el Monstruo Come-Galletas se llamaba Lucas. Una diferencia tan mínima como tajante. Era otro a pesar de ser el mismo. Me queda imaginar ahora a la junta creativa que decidió eso, será Lucas y no el Monstruo Come-Galletas: muy largo, tautológico, no macha con el doblaje, pero, ¿y el pato?, ¿qué con el pato?, será Lucas igual, derivado del nombre del evangelista y, luego, del caballero jedi, que en la versión peninsular seria Lucas Trotacielos. Supongo que por estas avenencias y desavenencias, soluciones y equivalencias, pude dedicarme –de mala manera- a la traducción de textos literarios, unos vieron la luz, otros no. Me tardé tanto en traducir la Generación X de Douglas Coupland que se nos vino la edición española y no tuvo sentido publicar una versión local. Desechable, como tanto de lo que se publicado los últimos treinta, cuarenta, cincuenta años.
Yo vivía entregado entonces, como todos ahora, a la imagen, pero fue mi padre el que sonsacó a que leyera. Por entonces él estaba enfrascado con una de vaqueros, leía por igual novelas de vaqueros y de detectives. Recuerdo que también leyó un ladrillo de Irving Wallace, La palabra, que languidecía en su mesa de noche, también tenía por ahí Rascacielos, a partir de la que hicieron. Infierno en la torre, producida por Irwin Allen, que no vi sino mucho después, cuando ya no tenía caso verla. Un día llegué y le pregunté, mientras leía, que caso tenía hacerlo si no estaba ilustrado –era importante que un libro estuviera ilustrado, todavía lo es- ahí soltó el anzuelo, me dijo que así uno podía imaginar las escenas, los diálogos, los ambientes. No lo dijo así, yo no lo sabía así tampoco, pero me sedujo, podía imaginar mis propias versiones, construir mis adaptaciones, a partir de palabras, como estas. Mi vocación fue desde entonces llegar a ser el realizador de mis imaginaciones, suscitadas por mis lecturas, derivadas desde un posmo antes del posmo, como debe haberle sucedido a muchos. Haciendo apropiación de los estímulos de mi entorno, entendí años después cómo funcionaba el cine, su sintaxis, a partir de un taller de guionismo que tomé en el CUEC, y luego, en el subsistema de cine de la carrera de letras en la Ibero. Participé en algunos proyectos independientes, escribí algún guion, hice radio y televisión, pero nunca acabé por convertirme en un realizador; acabé siendo, más bien, un crítico profesional, tanto de libros como películas.
Lo que quería de niño era ser un performer, es algo que se nos da de niños, a mí, al menos, a partir de lo que veíamos en la televisión. Yo remedaba a los Archies fingiendo que tocaba la guitarra mientras mi hermano remedaba a Tom Jones usando una manguera de micrófono. Sería años después que mi hermano armaría, de juego, una banda escatológica con nuestros hermanos más pequeños, cantando a flor de cuello: Ca-ca, ca-ca, ca-ca, bajando una nota al final, remedando los instrumentos, bailando sobre la cama. Lo supongo una anticipación de lo que sería para mí después la lectura del Ubu Roi de Alfred Jarry. Mi hermano, en sus juegos, en sus desplantes, en sus dibujos, era un visionario.
Además de realizador y de performer, yo hubiera querido ser presentador televisivo, más en el tenor de Johnny Carson que de Raúl Velasco o Verónica Castro (aunque esta última armaba huateques espectaculares). Todavía hoy, gracias a que el mundo resulta un extenso diferido de sí mismo (aunque no me toca ver en vivo a Stephen Colbert –quien es como de mi edad- puedo verlo haciendo ese derivado del stand-up de club nocturno que es el monólogo con el que abren los programas nocturnos gringos en el youtube). Un poco hice, hace años, cuando Nicolás Alvarado me invitó a cubrir el espacio de la tarde en la estación radiofónica de su madre, Ondas del lago, donde después de un "¡Buenas tardes, México!, editorializaba sobre la actualidad armado con los periódicos del día mientras se escuchaba a Juan García Esquivel, a Burt Bacharach, a Frank Sinatra o a Dave Brubeck, de un extremo al siguiente, siendo poco convencional. Era justo a la hora de la comida. A veces incluso me acompañaba mi hija en la cabina, a quien llevaba al programa después de recogerla al kínder, era una transmisión muy poco convencional.
En tiempos recientes resulta casi cansado ver a Colbert dado que el presidente gringo les da material diario a los cómicos nocturnos, diciendo esto, haciendo aquello, la revisión editorial que hace de sus desplantes acaba por ser gestual, funcionando –al igual que tanto más- como último bastión de la libre expresión en un tinglado político que resulta cada vez más radical. Pienso en Ronald Reagan, en vivo y en representación, en tanto parangones y semejanzas, invocado en un comic de Batman de los ochenta, a la manera del Veinte años despúes de Dumas, cuando, retirado y envejecido, el caballero de la noche –tanto melodrama- regresa a combatir a un terrorista, enmascarado como él. Recuerdo la viñeta: Reagan en un monitor televisivo diciendo que los gringos siguen siendo los gringos y que él sigue siendo el presidente. Tanto uno como el otro, Reagan y Trump, han hecho de los Estados Unidos un reality show, una experiencia televisada que sirve de tamiz a lo que esté sucediendo en verdad; eso cuando no se trate de una catástrofe o un caos vial cubierto por alguna televisora local. Y como he anotado arriba, Colbert, al igual que el resto de los cómicos nocturnos, la tienen servida en plato, y más que editorializar, no tienen más que hacer gestos de incredulidad o remedos paródicos de las crestomatías que realizan de los discursos diarios del presidente; continuación -de algún modo- de haber sido una figura mediática, llevando ahora de la mano a un país después de haberlo hecho con los aprendices en su cóctel de reality y programa de concurso. A pesar de ser viral la impronta de los medios, se ha hecho de momentos: como aparece, desaparece, siendo un recuerdo que se evoca como lágrimas bajo la lluvia. Se puede transmitir, se puede ver en alguna página de internet, pero ya fue, ya nunca será, mientras que dure, será una continuidad, pero mañana ya no estará, mañana ya no será. Hubo un entonces pero ya no más. El medio es el masaje, y como el masaje, es mientras sucede, se queda un rato –en el cuerpo- y luego se va. Invoco todavía a Marshall McLuhan, a quien Peter Gabriel cita en una de sus rolas conceptuales setenteras: Marshall McLuhan, casual viewing, head buried in the sand.
Pero, ¿de qué nos sirve la figura si no cabe más que como metáfora? Unas por otras: podemos traerla a cuento, decirla de otro modo, usar mierda en lugar de arena, usar una-boca-llena-de en lugar de una cabeza enterrada, y aún así, seguir fascinados con el estira y afloja que me lleva –no sé si nos lleva- a preguntarme –de la manera más cándida- a dónde con todo esto, qué esconde debajo, qué deja atrás. ¿Una referencia a resucitar con paramédicos en un futuro atiborrado de referentes, cual ribetes colgando de los conos de una piñata, que se ha vuelto referente de sí misma y no de la estrella que emuló en otro tiempo. El objeto devorando al referente del que se sirve como metáfora: alcanzar una estrella y bajarla a palazos, vendado y luego de dar unas cuantas vueltas. Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino. Falta saber a dónde y a qué, ¿será que fueron traídas de oriente como sucedáneo del sacrificio ritual? ¿Invocación de una bonanza por venir, con guayabas, tejocotes y caña de azúcar?
Mientras tanto, me he distanciado tanto de la literatura, desmemoriado como estoy ahora, que me dedico a leer a Isaiah Berlin, a Giorgio Agamben, a Victor I. Stoichita, a Roberto Calasso, a Wilhem Reich. El placer que antes me daba la narrativa me lo da Mario Wandruszka con su Nuestros idiomas, comparables e incombarables. Si se trata de presumir –a veces pienso que uno se hace escritor para poder hacerlo, eso de presumir, sin el menor empacho- en los últimos años me fleté el Finnegan's Wake, Paradiso, los Cantos de Pound, sin prisa, deteniéndome en tal o cual pasaje, maravillado por el fulgor de su inutilidad, un cuento que no recurre a las palabras para suceder sino que, a la manera del máquinas duchampianas, se asumen dispositivos para un tinglado que se sirve de la experiencia de lo que llamamos realidad para decir un recorrido, un ir entre pasajes al modo de Benjamin, que no cabe hacer sino sentado (caminar mientras se lee siempre ha resultado contraproducente y peligroso).
No se trata ya del cinito de la cabeza sino de eso que sirve, ahí mismo dentro, de diapasón. Toda esa masa encefálica, toda esa masa, química, ebullente, eléctrica, rescatando a Verne, a Flaubert, a Dostoievski, a Melville, como un lugar en el tiempo. Recurro a ellos, al sentirme cada vez más lejos de la narrativa, al menos de la narrativa contemporánea, (de tal o cual, siempre hay excepciones) tanto como para llevar varios años en el exilio, sin menguar, sin asomarme, desdiciendo deslindado de lo que pase o deje de pasar, aunque rendido todavía a un futuro conjurado, superado. No caben en nuestros submarinos 20,000 leguas, habiéndole dado vuelo a lo supersónico, la Vuelta al mundo ha perdido todo exotismo tendido como puente por la modernidad, la propia modernidad ha sido superada, se sube y se baja del avión en remedo de la teletransportación a un planeta y al siguiente en el Star Trek que nos dio a Leonard Nimoy haciéndola de Señor Spock, quien en alguna de las películas que le sirvieron de secuela a la serie, le anuncia a Kirk (avatar de William Shatner) cual extensión de las discusiones sobre la estructura del relato, que su muerte era lógica. Escribir esto es ya una forma de resistencia, escribir por escribir, cuando ya tenemos a la IA para hacerlo por nosotros.
Siguiendo a Verne como gran modelo –que no modelo ejemplar- de la narrativa de consumo, que reciclamos y volemos a reciclar, las 20,000 leguas tuvo su secuela en La isla misteriosa, que tantos derivados nos ha dado; de diversos talantes, unos más lejos, otros más cerca de la fórmula original –esa que presume la chispa de la vida- con o sin Nemo, convertido en programa -en su sentido original, primero esto, luego esto, luego aquello- de la jauja como trampa –Acapulco con huracán- con Ricardo Montalbán, recibiéndonos de blanco, dándonos la bienvenida a la Isla de la Fantasía, en un juego tautológico de turismo extremo y desaforado digno de ser citado por algún francés, cumpliendo la función –desde la representación- de todo conductor o animador televisivo. Tanto conductor como animador como conceptos me llevan a otros vericuetos, eléctricos si se quiere –eclécticos, como esto que escribo- entre la vida y la muerte, traídos a la vida para la ocasión, para llenar el continuo tiempo-espacio, para saturar nuestro tedio, desentendidos de todo el trabajo que tienen detrás, mismo que sacan a colación –en un juego de cajas chinas posmo- cada vez que pueden, en conversatorios y entrevistas, derivando, a la deriva, cayendo en el abismo, haciendo la plana de escalerita.
¿Qué puedo saber yo? Mejor cito a Goethe: Luz, más luz. Que prendan la luz, o mejor, teniendo el mal gusto de citarme a mí mismo: qué no la apaguen, no dejes que la apaguen, tú ármala de tos si te la pagan, derivado de un encargo para televisión que hice con mi amigo y compinche Fernando Díaz Corona (dios -si es que lo hay- lo tenga en su gloria) en tanto fuimos los Ositos Arrítmicos de Lemuria; encomendado por Tanya Huntington a partir del poema de Dylan Thomas: Do not go gentle into that good night, ahora también una referencia cinematográfica, tanto con Michael Caine en Interstellar, como con Rodney Dangerfield en Back to School. Todo se desdobla, cual origami. No es que haya filtro, es que todo se escurre, todo acaba por escurrirse, aunque la sensación que tengamos es que se acumula, sin encontrar acomodo jamás. Todos esos triques que tenemos arrumbados yacen en un olvido que tiene para otros la oportunidad de un rescate y descubrimiento. Educación seguiremos pagando para el futuro y habrá que presentar un mamotreto al final –tan real como figurado- para sabernos merecedores de una prueba superada. No sé qué me sirve más de herramienta filosófica, si el escurridor o la coladera. O si el librero lleno de libros cumple otra función que la de ser un decorado: un tengo que leo, que leí, que está por leerse. Lo que se ve o lo que se deja de ver, lo que permanece o lo que se ha ido, lo que reluce o lo que subyace. Ahora que olvido todo menos la experiencia de haberlo hecho, de haber llenado mañanas haciéndolo, eso de leer, el placer está en eso, en el recorrido.
Mientras, pierdo pelo (o cabello, cabe decir) todas las mañanas, después de cepillármelo y lavármelo, tengo la mata larga dado que no he tenido el tiempo o la oportunidad de cortármelo. No me afano mucho, no se ve mal, a pesar del cuidado que necesita, nada que ver con traer la mata corta, y bueno, blanca, habiendo perdido los rizos que como tirabuzones, conformaban mi caballera oscura, aunque canas tuve desde los quince años. Recuerdo esa foto que me tomaron hace casi treinta años con Enrique Vila-Matas; él tan propio, yo haciéndola de salvaje. En algún momento tuve y leí todos sus libros, hoy sólo conservo su Historia abreviada de la literatura portátil, las colecciones se van depurando a partir de lo que dice la necesidad, lo que cabe por constituir una red de afectos, si cabe decirle así, deslindado de sus fuentes. Será de dios, cabe aducir, a manera de promesa, a futuro, en cuanto pagaré.
Ricardo Pohlenz : (Puebla, 1965). escritor, poeta y crítico. Es autor del libro de relatos Lounge, los libros de poemas visuales El azul del cielo, Cetacea, Bac Kga Mon, Cuc Amo Nga y el libro La vocación de submarino. Buscando la frontera entre poesía y otras disciplinas se ha dedicado a realizar performances que tienen como base el discurso poético en eventos realizados en distintas instituciones como el Museo Nacional de Antropología (dentro del Foro de Mega Ciudades), el Museo Tamayo, Casa del Tiempo de la UAM, así como también, a partir de textos e imágenes propone extensiones posibles para el discurso poético y las posibilidades de lo narrativo a través de redes sociales así como en diversos festivales de poesía y ferias editoriales independientes.. Ha colaborado en diversas publicaciones. Hizo con Fernando Díaz Corona el grupo de vodevil posmo Ositos Arrítmicos de Lemuria y fue curador de las muestras de poesía sonora Verbatim Vortex y Sonorama en el Museo Experimental el Eco. Desarrolló el proyecto Maniquí Zombi con Ricardo Rendón. Ha impartido cursos y talleres en diversas instituciones como la Universidad Iberoamericana, la Fundación Jumex, SOMA, el Claustro de Sor Juana, el ITAM y el Centro de Diseño Cine y Televisión. Dirigió el Taller de poesía visual en Taller Prosperidad. Lleva a cabo nuevos proyectos de narrativa situacional, poesía experimental y estrategias educativas entre los que destaca el Seminario Raymond Roussel, proyecto multidisciplinario en los espacios Héctor Escandón y Aeromoto. Participó en las Jornadas perequianas organizadas por la UNAM en Aeromoto y el MUAC. Participó, dentro del Festival Kerouac 2020, con un performance a mitad de camino entre Ezra Pound y Ai Weiwei. Ha realizado una serie de bati-performances a partir del poema Batman de José Carlos Becerra, así como la publicación del "bati-fanizne". Se dedica actualmente a otras revisiones y apropiaciones.
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