
A los 22 años Oscar Vallejo decidió ser pintor; no duró ni tres meses en la antigua ENAP de la UNAM; le habían tocado los maestros más académicos y reaccionarios, tal vez la pintura estaba en otra parte y en otro momento: diez años después cuando comenzó el accidentado camino del pintor autodidacta al decidir que sus maestros estaban en museos y galerías. Los custodios de salas de museos se desconcertaban al ver a Oscar que se tomaba hasta media hora observando detenidamente un cuadro de Orozco o de Siqueiros en el Carrillo Gil, o en las cada vez más escasas exposiciones internacionales que llegan a México, como la del Impresionismo, las Vanguardias Rusas, la de Otto Dix o la de Sorolla, entre otras, en el Munal o en el Palacio de Bellas Artes o en el Museo de San Carlos. Alguna vez pasó más de tres horas en una galería analizando la manera de pintar de Antonio Farrera.
Me imagino que en la exposición antológica de Lucian Freud, que hubo en el 2022 en Londres, Oscar habría estado más de 100 días mirando la obra ahí reunida, estudiando y llorando de éxtasis entre un cuadro a otro o habría estado semanas enteras contemplando la gigantesca exposición que montó Anselm Kiefer hace un par de años en Venecia. En el proyecto de Arteria, del que formó parte el mismo Oscar, no perdió detalle de la manera en la que el maestro Ratto pintaba e iba construyendo su obra. Quién sabe si exista algún término que describa tanto la pintura de Freud como la de Kiefer, la de Ratto o la de Farrera o la de Vallejo, aunque se podría llamar perfectamente: Pintura brutal. Y si quieren ver un ejemplo de buena pintura brutal volteen a ver cualquiera de las pinturas reunidas en ésta exposición curada por el mismo Vallejo, con la asesoría de Paola Talavera (para una versión virtual en su Salón Virtual de Arte 2022) y Rebeca Murrieta (ayudando a perfilar está edición). Vallejo nació en la Ciudad Nezahualcoyotl de los años 80, una ciudad Nezahualcóyotl en la que jugaban los niños junto al bordo Xochiaca, y desde dónde veían en el horizonte los tiraderos de basura.
Hay pintores que nacieron también en las periferias de la ciudad y han optado por pintar "cosas bonitas", "agradables".
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Oscar, ¿por qué no pintas cosas más agradables?;
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¿Para qué?,
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¿no ves que el mundo está en llamas?
Recuerdo la escena de la película de Sexto Sentido en la que el niño le dice a Bruce Willis que prefiere dibujar flores y arcoiris, en lugar de los cadáveres ambulantes de la gente muerta que ve a cada rato, para que no lo regañen las maestras de la escuela y manden llamar a cada rato a su mamá. El taller de Oscar huele a pintura: esa mezcla de aguarrás, óleo, thiner y aceite de linaza; está trabajando en un cuadro de gran formato que rememora los tiraderos de basura del bordo Xochiaca y al mismo tiempo el paisaje con cuervos de Van Gogh.
Absurdamente se piensa que los cerros de basura esparcidos en las periferias de ciudades y pueblos de todo el mundo son los deshechos de la sociedad, al igual que los pepenadores que habitan estos cerros. No son deshechos de la sociedad, son de los productos más refinados y destructivos de la sociedad capitalista. En su adolescencia Oscar fue militante de diversas organizaciones marginales de la izquierda radical y en su taller se suelen dar discusiones en torno a la pintura burguesa, la pintura proletaria o el papel del arte en un México prácticamente en llamas con sus miles de feminicidios y desaparecidos. Cuando lo visitaron unas feministas radicales le criticaron fuertemente un cuadro que acababa de terminar y en el que dos perros estaban cogiendo sobre un cerro de basura y el gran macho estaba sobre la pequeña hembra. Las feministas le criticaban que esa pintura tenía todo un fuerte discurso sobre la verticalidad y el poder patriarcal. Luego Oscar pintó otro cuadro con dos perros que acaban de coger y que quedan eterna y dolorosamente "unidos" en una relación más horizontal (después de eyacular el pene del macho se hincha y queda atrapado en la vagina de la hembra para asegurar la fecundación).
Hace unos años Oscar visitó la impresionante exposición de Marta Pacheco en el Museo de Arte Moderno, con sus célebres pinturas de cadáveres en las frías planchas metálicas de la Morgue y, entre ellas, el cuadro de un perro; la exposición quedó ahí bien fija en el subconsciente de Oscar. Semanas después, sin saber bien por qué, pintó el cuadro del perro lameteando un corazón arrojado a la calle, comenzando sin proponérselo así la serie de cuadros de pintura brutal que se encuentran aquí. El terrible cuadro del perro abajo del puente de los colgados tal vez es ya un homenaje a Marta Pacheco o ya una resignificación; es un el paisaje que persigue a la sociedad mexicana desde hace tres sexenios y que diariamente se reconstruye en cualquier parte del país, el de los colgados en un puente en Tamaulipas al inicio de la guerra contra el narco; la imagen de la barbarie en la que el perro representa, o no, a cualquiera de nosotros, no nos importa la realidad mientras no nos afecte directamente. La barbarie a nuestras puertas. Pinturas brutales de una barbárie ahora tácita, ahora como un tsunami. La Temporada en el Infierno escrita por Rimbaud. Son escenas dantescas como la vida misma. La explosión del ducto agujereado por el huachicol; las personas en llamas corriendo hacia ninguna parte. La pintura de Oscar es la realidad que vivimos cada día, como perros en una ciudad-sociedad en ruinas.
La pintura de Oscar es materia, materia desbordada, luminosa y sublime como la de ese perro, simplemente durmiendo al Sol, ahí en la banqueta. ¿Sabrán los perros que viven en un país en llamas?

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