En el siglo XVI, con los precedentes del legado pseudoegipcio, de la tradición simbólica de la Edad Media y los propios de la mitología clásica se perfiló un nuevo lenguaje, la emblemática, promovido principalmente por el jurista y humanista Andrea Alciato. Los Emblemas se convirtieron en el manual de esta nueva ciencia de influencia decisiva en la literatura y en el arte; con más de 150 ediciones, despertaron el interés por este nuevo género literario que dejó más de cuatro mil obras de emblemas desde el siglo XVI al siglo XVIII.
Andrea Alciato (1492-1550) estudió Teología en Milán y Bolonia. Allí conoció a Filippo Fasanini, traductor de Horapolo [1], y entró en contacto con los círculos humanistas venecianos y florentinos interesados en la cultura jeroglífica. En 1516, publicó sus primeros trabajos sobre Jurisprudencia en Estrasburgo, un par de años después, la inestabilidad política en Lombardía le obligó emigrar hacia Aviñón, donde permaneció hasta 1522. De regreso a Milán, donde vivió entre 1522 y 1527, comienza su trabajo de traducción y la composición de su Emblemata.
El núcleo del trabajo más influyente de Alciato comenzó como una simple colección de 30 epigramas griegos traducidos e incluidos en su obra Selecta Epigrammata Graeca. Material publicado por Heinrich Steiner, en 1531, aún sin ilustraciones, Y constaba de estos y otros textos similares, encabezados por frases sentenciosas. El aspecto más interesante de Los Emblemas no es en particular su calidad literaria, que suele ser simplona y llana, sino como forma de pensamiento que será de fundamental influencia en la poesía, la literatura y el teatro, sobre todo en el periodo del Renacimiento y el Barroco.
El juego conceptual del emblema alcanza su fuerza definitiva con Baltasar Gracián, estudioso e intérprete de Alciato, y a él se deben observaciones fundamentales para la historia de la poesía barroca española en relación con la emblemática.
Sin embargo, la Emblemata fue relegada y casi olvidada por largo tiempo, hasta que el historiador del arte Santiago Sebastián recupera y trabaja en un estudio profundo sobre los símbolos de todos los emblemas de Alciato. Este detallado análisis, publicado en España en 1985 aborda una serie de temas y construcciones simbólicas sobre el hombre y el cosmos a través del juego de los apuestos entre vicios y virtudes, vida-muerte, ciencia-ignorancia, así como los emblemas políticos de gran utilidad para los estudiosos del arte y de la literatura.
Sebastián reconoce que lo que más interesa a un historiador del Arte es la influencia que los emblemas han tenido en la composición y, sobre todo, en el significado de la obra artística. "Los emblemas constituyen un código gráfico-literario que es imprescindible para establecer una lectura lo más objetiva posible de la mentalidad de la época y al mismo tiempo nos ayudan a descubrir las motivaciones que tuvieron sus autores. Ya hemos dicho que el libro de Alciato fue decisivo y básico para la comprensión del humanismo."
Les compartimos algunos de estos emblemas que podrán encontrar en la excelente edición de Akal junto con el estudio de Sebastián y el prólogo de Aurora Egido.
Virtudes
Siguiendo la tendencia de los tratadistas medievales, Alciato concede gran importancia a la Virtud, lo que se vio favorecido por la valoración humanista de la virtus clásica. La diferencia de Alciato con respecto a los autores medievales consiste en que se aparta de la sistematización tradicional de las virtudes en teologales y morales, para presentarnos sólo aquéllas que fueron más importantes para los hombres del Renacimiento. Habrá una novedad fundamental, el lenguaje no será el tradicional gracias al fuerte ingrediente de tipo humanístico, que recurrió a los modelos de la mitología, y del bestiario, tomados de las fuentes del mundo antiguo, aunque sin perder el sentido moralizante conseguido a lo largo de la Edad Media.
Emblema IX: La Fidelidad
Píntese el Honor en pie, velado con un manto purpúreo, y que una su diestra a la suya la Verdad desnuda, y esté en medio el casto Amor, con las sienes rodeadas de rosas, más bello que el Cupido de Dione[7]. Estos constituyen los símbolos de la Felicidad, a la que calienta la Reverencia del Honor, alimenta el Amor y pare la Verdad.
Emblema X: Las Alianzas
Recibe, Duque, esta cítara, que por su forma de barquilla se llama haliéutica y que reivindica para sí la Musa Latina: ojalá te guste nuestro regalo, en este momento en que te dispones a entrar en nuevos pactos con aliados. Es difícil, salvo para el hombre docto, tocar tantas cuerdas, y si una sola cuerda no estuviera bien templada o se rompiera, lo cual es fácil, se arruina toda la gracia del instrumento y el excelentísimo canto resulta deforme.
Emblema XI: Sobre el silencio
El necio, cuando calla, en nada se diferencia de los sabios: su lengua y su voz son el índice de su bobería; así que mantenga la boca cerrada y póngase el dedo en los labios, y conviértase en el egipcio Harpócrates.
Emblema XII: Los secretos no deben divulgarse
La falange romana lleva pintado al combate el monstruo que Dédalo encerró en la ciega morada y oscura tiniebla y laberintos de Cnossos, y soberbios signos resplandecen en el toro semihumano, que nos enseñan que los consejos secretos de los jefes deben permanecer ocultos, pues una astucia que es conocida perjudica a su autor.
Vicios
Terminada la serie de las virtudes, viene la de los vicios, de los que aparece en primer término la Perfidia, con siete emblemas que hablan sobre el engaño, el mal, los rufianes, aduladores y otros males del alma.

Emblema L: Del engaño contra los suyos
El ánade amaestrado, seductor y de azulado plumaje, acostumbrado a ir y venir hacia sus dueños, cuando ve volar por los aires las bandadas de sus congéneres, gorjea y se mete entre ellos, para llevarlos engañados bajo la red que está tendida. Meten bulla los prisioneros, pero él, que sabe el juego, calla. Pérfido, se mancha las alas con la sangre de los de su raza: oficioso para otros, es catastrófico para los suyos.
Emblema LI: La Maledicencia
Dicen que en el túmulo de Arquíloco había esculpidas avispas de mármol: excelentes símbolos de las malas lenguas.
Emblema LII: Sobre el que se rodea de rufianes
Por la ciudad te acompaña, Sceva, una tropa de ladrones y cacos, y una cohorte armada con crueles espadas. Y así te consideras liberalmente abierto de mente, porque tu olla alimenta a muchos malvados. He aquí un nuevo Acteón, que tras haber conseguido tener cuernos, se ha dado a si mismo como presa a sus perros.
Emblema LIII: Sobre los aduladores
El camaleón siempre bosteza, siempre lleva atrás y adelante la brisa sutil de la que se alimenta, y cambia de aspecto y asume distintos colores excepto el rojo y el blanco. Del mismo modo hace ir y venir el rumor del pueblo el adulador, y bostezando lo devora todo, y sólo imita del Príncipe las costumbres oscuras, desconociendo el candor y la vergüenza.
El Amor
Alciato es una buena muestra de la medida de la mentalidad renacentista como se pone de manifiesto al analizar-el Amor, al que dedica nada menos que trece emblemas. Sabido es que el leit motiv del Amor está presente en tantas composiciones del humanismo, tal fue consecuencia de la influencia de Petrarca, poeta dedicado a esta temática con una fuerza avasalladora. El enamorado de Laura pintó el Amor como algo poderoso, que encadena a los sometidos y así Cupido aparece en el desfile de los Triunfos. La idea de la prisión por amor estuvo muy extendida y no es de extrañar que aparezca hasta en la concepción de la casa o palacio

Emblema CV: El amor es afecto poderosísimo
Mira representado en esta gema al niño Amor, como invicto auriga que vence las fuerzas del león, y cómo en una mano sostiene el látigo y con la otra empuña las riendas, y cuán grande es la belleza de su rostro infantil. Cruel calamidad. a léjate: quien es capa7 de vencer a cal fiera. ¿;sc comportará con nosotros con moderación?
Emblema CVI: El poder del amor
¿No ves cómo el amor, desnudo, ríe y mira con dulzura? No lleva antorchas ni las flechas con las que ejercita el arco: por el contrario, en una mano tiene flores y en la otra un pez, lo cual quiere decir que su dominio se extiende por la tierra y el mar.
Emblema CVIII: El estudioso atrapado por el amor
Inmerso en sus estudios, perito en retórica y derecho y sobre todo muy letrado, ama a Helianira como ni siquiera el príncipe tracio amó a la hermana de su concubina[38]. ¿Por qué, Cipris, quieres vencer a Palas con otro juez. ¿No tienes bastante con haberla vencido en el Ida?
Emblema CXI: A veces las cosas dulces son amargas
Apartándose de la madre, el niño lidio se había alejado un poquito. Y lo atacaseis, crueles abejas: había venido a vosotras creyendo que erais mansas avecicas, cuando no es tan cruel la malvada víbora. La miel que dais como dulce regalo oculta los aguijones, porque, ay, nada grato se da sin ti, oh dolor.
La Muerte
No podía faltar la consideración de una realidad como la vida humana, a la que se dedican dos emblemas, frente a la Muerte.

Emblema CLIII: Que no hay que luchar con los muertos
Héctor, que tantas veces había vencido antes a sus enemigos, al morir a causa de la herida de la lanza del Eácida no pudo reprimir las voces de los que le insultaban, mientras preparaban las correas para atraerle al carro por los pies. Arrastradle, ya que eso os divierte, del mismo modo que las liebres cobardes arrancan las barbas del león muerto.
Emblema CLIV: De la muerte y del amor
Vagaba la Muerte junto a su compañero Amor: la Muerte llevaba consigo su aljaba, el pequeño Amor sus flechas. Se hospedaron y durmieron juntos una noche. En este tiempo no sólo era ciego el Amor, sino también la Muerte, y cada uno tomó por descuido los dardos del otro: la Muerte coge las flechas de oro, el Amor las de hueso. Y he aquí que un viejo que debía estar ya en el Aqueronte. se enamora y engalana su cabeza con guirnaldas de flores. Pero yo, porque Amor me golpeó con el arco equivocado, me muero y me arrastran los hados. Cesa, niño, cesa mientras la Muerte tenga tus armas.
Emblema CLV: Sobre la bella arrebatada prematurame por el Hado
¿Por qué, Muerte, te has atrevido a permitir falazmente que el niño Amor arrojara tus flechas, pensando que eran suyas? La muerte es inexorable y engañosa, no atiende a las razones de los hombres.
Emblema CLVII: El Término
Está encerrada una piedra cuadrada cual dado firmísimo, y encima hay una pequeña imagen cortada a la altura del pecho, y declara que no cede ante nadie. Es el Término, que representa un obstáculo para los hombres. Es el día imposible de cambiar y el tiempo prefijado por los hados, en que las últimas cosas emiten su juicio sobre las primeras.
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Información recuperada de:
Alciato, Emblemas, Madrid, Akal, col. Arte y Estética, edición de Santiago Sebastián, 1993 2ª ed.
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